Ayer, a mediodía, pasé por la Plaça de Baix y, de repente, me di cuenta de algo. Los puestos de palma blanca ya se estaban instalando, los armazones amarillos, vacíos, esperaban esa palma blanca que tan bien huele para que todos los ilicitanos acompañen al Señor de la Burreta en su llegada a esta nuestra particular Jerusalén... pero eso no era lo importante, lo importante, lo esencial es que... llega Semana Santa... y este año llega esperadísima.
Quizás por ser tan tardía, quizás por la situación tan difícil que estamos pasando, quizás por momentos malos que se han pasado durante el año, cada persona tiene sus propias razones... pero la esperamos. Y con ella: el Lunes Santo.
Nuestro gran día... bueno mejor dicho, el gran día de María Santísima de la Victoria, el día que Ella espera con tantas ganas que nos abre, aún más sus brazos, esperándonos a todas, una a una, el viernes noche para que le llevemos su Trono, ese trono de Reina por el que se paseará por las calles de Elche.
Para que le pongamos las bambalinas, esas que se mecen al compás de su paso majestuoso.
Para que le pongamos los varales, esos que sostienen el cielo con la Asunción y coronación de la Virgen y por ende el cielo de Elche.
Para que le pongamos la candelería, esa que la estará alumbrando toda la noche y que llorará cera a su paso.
Para que le pongamos las jarras, esas que Mari, la florista, llenará de bonitos colores y aromas en forma de flores.
Para que le pongamos los faroles, esos que alumbrarán su manto. Para que le pongamos su manto, su manto... ese que nos cubre durante todo el año en espíritu pero que sólo disfrutamos "de verdad" en la noche de Lunes Santo.
Se que la Virgen ya está esperándonos, vestida de Reina, guapísima, como solo sus camareras y su vestidor saben hacerlo, con todo el arte y el cariño del mundo. Y nos espera con una sonrisa de satisfacción. Con la satisfacción de saber que iremos a por Ella, para subirla a su Trono, para levantarla al cielo, para mecerla con calma, para pasearla por las calles de Elche, como solo sus hijas saben hacerlo, con cariño, con amor.
Tenemos que acudir a su llamada, llamada silenciosa, que llega hasta nuestro corazón y que empuja nuestros pies hasta Ella, para llevarla en volandas por las calles, que en la noche oscura parecen las mismas calles del cielo solo porque Ella las está recorriendo. Esa llamada que hace con su mirada, mirada que nos conforta, que nos da las fuerzas necesarias para mecerla, pasearla, llevarla, levantarla hacia el cielo, esa mirada serena, esa mirada que buscamos en todos los escaparates, en los reflejos de los espejos, en los ojos de la gente que la mira absorta para poder acabar un camino, que no queremos acabar, pero que inevitablemente llega.
Y cuando llegue. ¡Ay cuando llegue! lloraremos, nos abrazaremos, gritaremos incluso, estaremos felices y tristes a la vez, por acabar llevándola a su casa cuando no queremos que entre.
Pero Ella, Nuestra Madre, nos mirará felices desde su trono repleto de velas, de flores, de amor... y con el corazón nos dirá: "
Gracias hijas mías, por llevarme con todo el cariño y el amor que os cabe en el corazón, estoy feliz por ello... y triste a la vez, porque os veo llorando... no lloréis que el próximo año está tan cerca que lo podemos tocar y tendremos otra vez nuestra cita con las calles de Elche. Esta ciudad de palmeras y gente buena nos esperará otra vez y no podemos faltar".
¡Ánimo costaleras! es LUNES SANTO